Prólogo
Era una noche capitalina de mediados de
Julio, la calle 19 desolada por ser las épocas vacacionales de los
estudiantes, apenas es concurrida por unas pocas personas que se ganan
la vida a través del "rebusque". Los cafés y los bares siguen abiertos, a
pesar de que estos están prácticamente vacíos; un café de estos se
destaca por estar ubicado en un segundo piso, pero sobre todo por tener
un gran ventanal que permite ver todo lo que sucede dentro de este. El
café es bastante espacioso, alumbrado con velas y luces muy tenues, y
animado con una ligera música de ritmos locales y modernos, que le
imprimen un ambiente de confort muy relajante.
Apenas
tiene dos mesas ocupadas, una de las cuales da sobre el gran ventanal, y
está ocupado por una pareja que hablan tranquilamente mientras toman
capuchino. El
muchacho con relativa frecuencia mira a la calle 19 y a los cerros
orientales, enigmáticos por la oscuridad de la noche, pero su principal
foco es la muchacha que tiene al frente, 10 años mayor que él, quien lleva
puesto unas gafas de marco morado y lentes gruesos, en las que a través se puede ver
unos ojos verde grisáceos y grandes, que le alcanzan a brindar un
aspecto felino. Su piel es blanca y suave, con unas ligeras pecas sobre
la nariz, sus pómulos son muy redondos, y suelen ser resaltados cuando sonríe. Sus demás facciones son delicadas, que junto con la forma de
diamante de su rostro, proporcionan una belleza bastante llamativa.
Finalizando el café, es implícito que se deben marchar pronto y ella comienza a sentirse tensa, el propósito del encuentro no se ha dicho. Comienza a imperar un silencio incómodo, él trata de permanecer tranquilo, presiente que un mensaje se aproxima, y muy en su fondo comienza a imaginarse que es el tan anhelado mensaje que había estado esperando desde aquella tarde mientras estudiaba para una exposición en la que se sintió observado, alzó la mirada y ahí estaba ella sentada en las escaleras, con la cabeza recostada sobre la mano y mirándolo fijamente con una sonrisa muy tímida.
Las semanas pasaron, y ahora él estaba al frente de ella, sin saber que decirle en ese justo momento, por lo que opta por solamente mirarla al rostro, levemente iluminada por la vela de la mesa. Ella en cambio no puede sostener la mirada y decide tomar una cucharita, y sobre una servilleta comienza a trazar líneas.
-I..., te tengo que decir algo- balbucea ella
- ¿Qué es? - respondió él con una voz firme para tratar de esconder sus emociones
Ella opta por enfocarse en seguir trazando líneas sobre la servilleta, prefiere no mirarlo a la cara, no es fácil para ella decirlo. Tiene muchos dilemas, sabe que lo que siente no es correcto y expresarlo posiblemente añadiría más problemas a su vida, pero tampoco puede contenerlo por más tiempo, el propósito de la charla era decirlo, y había dado ya el primer paso, y en este momento era más difícil retractarse que decirlo.
-I... lo que pasas es que me tú gustas mucho. Llevaba un buen tiempo si poder decírtelo - dijo finalmente ella, trató de añadir el "pero"; sin embargo, al mirarlo a sus ojos, prefirió guardarlo y dejarse llevar por el momento. Él con una alegría infinita también le correspondió a sus sentimientos y se lanzó a acariciarle los dedos, para luego tomarla de la mano. Permanecieron callados unos segundo, disfrutando de ese silencio placentero donde las bocas callan para dar paso a que lo ojos hagan lo suyo.
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